Por motivos que los lectores de este Blog ya saben de sobras (y que serán tratados en profundidad próximamente), el día 27 estuve en la bella capital española, Madrid.
No es la primera vez, ni la última, que me acerco al centro geográfico y político español. Una ciudad que da mucho de sí, que sorprende en muchos de sus rincones, los cuales parecen sacados de una novela de caballerías del siglo diecisiete, y que con sus infraestructuras e instalaciones demuestra sobradamente al viajero porqué es la capital del país.
Pero al margen de las muchas cosas que me gustan de Madrid, y de los puntos negativos que tiene como cualquier ciudad española frente a cualquier ciudad europea, el estar precisamente ayer entre todo el fregado que acompañó al malogrado partido de la Selección Española de Fútbol, me dio pié a un largo rato de reflexión.
Tanto si me gusta como si no, lo encuentre merecido o no, fue realmente espectacular comprobar in situ la movilización de toda una ciudad hacia la selección deportiva más prestigiosa del país.
Algo impresionante ver la Puerta del Sol a rebosar en épocas no navideñas, los servicios públicos de transporte saturados pocos minutos antes de empezar el encuentro, y las calles teñidas de rojo y gualda desde horas previas a su inicio.
Fue ante tal espectáculo donde me di cuenta, una vez más, en que todo el circo mediático de improperios e insultos entre políticos y prensa de éste país no es más que una pantomima orquestada desde esas altas esferas para contagiar su odio hacía todos los ciudadanos de este país.
La muchedumbre de Puerta del Sol y de Colón no ondeaban sus banderas por supuestos fascismos pasados, no lo hacían movidos por un odio irracional hacia ciertas comunidades, no intentaban establecer ningún régimen representado en un mero símbolo.
Todo lo contrario, toda esa gente se había reunido para animar, a lo grande, a un equipo que les permitía soñar con obtener el premio deportivo más importante del mundo. Para contagiarse de ese entusiasmo colectivo que mueve el deporte del balompié que tantas pasiones levanta.
El desenlace es lo de menos… Toda aquella marabunta acudieron con un objetivo claro, sin símbolos ofensivos y sin más conflictos que los que puede originar una concentración masiva de gente como ésta.
Es al día siguiente al llegar a Barcelona, cuando entro por primera vez, desde que acaba el partido, en la vorágine de mierda que es la prensa española.
Escucho comentarios de clarísima tendencia política en las retransmisiones deportivas de varias radios del día anterior, veo políticos catalanes casi alegrarse de la derrota de la selección, observo otros políticos entrando al trapo de la situación nacional del país y de diferentes comunidades a colación del susodicho partido, oigo diversas tertulias que mezclan el deporte con el supuesto sentimiento patrio o nacional, y como no, atiendo perplejo a las mismas víboras de siempre haciendo daño y fomentando el odio entre los ciudadanos.
Personalmente, lo que hiciese la Selección me traía sin cuidado… ni por nacionalismos, ni odios viscerales ni nada por el estilo. Simplemente ver partidos de fútbol ni me va ni me viene, así que la evolución de la Selección en el mundial me importa más bien poco (aunque cuando es la de baloncesto, eso ya es otra cosa).
Pero, según comentarios escuchados durante todo el día de hoy en supuestos medios periodísticos serios y respetables, podría considerarme un separatista, un independentista, un anti-español, un secesionista y a saber cuantas tonterías más.
Utilizar el deporte como arma política es algo lamentable, digno de la más baja calaña política y periodística. Según unos, ayer en Puerta del Sol se reunió un convencido grupo de defensores de la unidad nacional. Según otros, un grupo de fascistas emperrados en privar de sus derechos a otros ciudadanos.
Yo estuve allí, y lo único que vi fue un montón de incondicionales seguidores del equipo de su país. Simplemente eso.
Aunque probablemente, tanto a unos como a otros, les interesa que los ciudadanos de pie sigamos ciegos a todo esto, mientras ellos siguen dedicándose a jugar su juego de promulgar el odio y corromper todo lo que tocan.
Conmigo, que no cuenten.