De vuelta de unas cortas vacaciones, siempre me planteó los mismos temas.
Uno sería el porqué de esa todavía no abolida tradición del cine religioso y/o histórico en la tele, no solo en España sino también fuera. ¿No podrían dar cosas más animadas?
Otro sería la creciente moda del topless y el minibikini en las playas, admirable y detestable según los casos.
Y el tema más querido por mi (por decir algo) es el que da título a este articulillo.
Recuerdo como si fuera ayer cuando llegué al aeropuerto Charles De Gaulle de París para regresar a España, todavía intoxicado del aire chic de la Ciudad de la Luz, y cómo identifiqué fácilmente el mostrador de facturación de Iberia: era la única cola donde un buen grupo de mendrugos vociferaban y te hacían sentir que, aún en París, ya estabas en España.
He recordado este encuentro con la patria en estas minivacaciones.
Por un lado, al enfrentarse a esa marabunta de niños que perturban el descanso playero con la jodida pelota. ¡Qué mal está haciendo Ronaldinho! Si me parece bien que jueguen, pero no a dos metros de mi jeta. ¡Qué pesados!
Por el otro, al ver a esas familias que parecen equipos de fútbol, se quejan de todo y repiten lo bien que están en su pueblo y que por supuesto llevan dmás de un niño coñazo como accesorio. ¿estás sentadico tranquilo en un banco? ¡Zas! Allá que vienen a joderte la tarde. ¿Disfrutas de una buena comida? ¡Zacazás! Al lado se te colocan para darte el coñazo.
En suma, que, como véis, las vacaciones me relajan una barbaridad.





